Un viaje que cambiaría el mundo
Charles había oído hablar mucho sobre aquellas islas, pobladas de enormes tortugas e iguanas y múltiples y variadas especies de aves. Se sentía ansioso ante la perspectiva del desembarco. Eran tantas las notas que llenaban sus cuadernos que ya había tenido que enviar buena parte de ellas a Inglaterra, pues el estrecho camarote se la hacía más pequeño aún si cabe. Eran tantas las ideas que bullían por su cabeza y había tanto material por analizar. Su periplo por la costa sudamericana le había supuesto un cambio radical en su forma de pensar, en su forma de ver el mundo. En él mismo. A pesar de las penurias del viaje, aquella estaba siendo una experiencia enriquecedora. Sentía que había nacido realmente el mismo día que embarcase, aquel lejano invierno de 1831 en Plymouth. Ni en sus más locos sueños, mientras charlaba con su amigo John Henslow por los jardines de Cambridge, habría podido imaginarse lo que le deparaba aquel viaje.
Esa misma tarde el barco atracó en una pequeña caleta rocosa. Durante los días siguientes, la activad de Charles fue incesante. Tomo muestras geológicas, recolectó plantas y, con la ayuda de su criado, capturó una buena cantidad de aves. Aquellos pájaros, sin duda unos pinzones, por su patente parecido con los del continente, le fascinaron especialmente. La enorme variedad de sus picos, cada uno adaptado a un peculiar modo de alimentación, acapararon toda su atención. Se esforzó en anotar cada detalle, e incluso trató de dibujar aquellos variopintos picos, mas nunca fue ducho en el arte del dibujo. El asombroso parecido con las especies continentales, así como las sutiles diferencias entre los pinzones de cada isla, fueron haciendo que, poco a poco, se fuese forjando una idea que llevaba ya algún tiempo aleteando en la mente del joven científico.
Cuando en octubre de 1836 Charles volvió de nuevo a Londres, tras casi 5 años de viaje al rededor de mundo, comenzó a madurar todas aquellos conceptos y aquellas ideas que habían ido tomando forma a lo largo de aquella dilatada circunnavegación. Pero en aquel entonces, a sus escasos veintisiete años de edad, no podía imaginarse el alcance de aquellas teorías. Aún quedaban más de veinte años para que aquel joven naturalista emprendiese el que sería su más ambicioso proyecto. Más de veinte años para que su camino se cruzase con el de Wallace. Más de veinte años para que se convirtiese en el hombre que cambiaría para siempre la concepción de la vida. Más de veinte años para que el nombre de Charles Darwin quedase grabado en la historia para siempre...
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Bueno, dadas las fechas en las que nos movemos y que, aunque orginalmente fuese escrito para otros fines, aprovecho el pasado "cumpleaños" de nuestro estimado Darwin para colgar este relatillo que escribí hace un tiempo. No pretende ser una historia veraz ni detallada, así que es probable que pueda haber algún que otro fallo (ya sea pequeño o monumental) debido a la somera documentación que hice (pues era para un concurso entre amigos, con la temática "Siglo XIX, pero a mí me salió la vena biofri-ki :P).
¡¡¡Felicidades Darwin!!! (aunque sea con retraso)
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